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Como recordaréis, queridos confidentes, dejamos a nuestro personaje, en el prólogo de esta historia, en la cuna con sus balbuceos. Han transcurrido once esforzados años, once primaveras llenas de olor a azahar y también once inviernos en los que nuestro héroe se sentía más a sus anchas. La lluvia le envolvía con ternura y le arrebujaba en sus lecturas mientras el repitequeo del agua acunaba con su monótono canto sus sentidos.......Ummm!

Vayámonos a Octubre, al primer día de curso. Hasta esta fecha los niños habían estado con las niñas y así mismo las niñas sin disfrutar de la compañía del sexo fuerte. Este curso era distinto, se sentía en el aire un nerviosismo extraño, un olor dulzón con trazas de miedo. Un pánico amordazado. Atenazado puesto que todos los chicos lo sentían pero existía una prohibición tácita de no hablar de ello. Si algún amigo sacaba el tema era tachado, inmediatamente, de cobarde y de poco ducho en las lides femeninas. O sea que todos estábamos "cagados". Sabíamos que las niñas eran más listas que nosotros para todas esas "mariconadas" de los predicados, los sujetos, las frases pasivas etc. En cambio carecían de miedo al ridículo, todas las toneladas de este producto eran poseídas por los chicos. Ese temblequeo en las piernas al salir a la pizarra y cometer un fallo mortal delante de tanta chica y sus risitas solapadas. Japutas! ¿Qué es que aquel sistema de enseñanza, de aquellos dulces años, no habría subsistido si todas las asignaturas hubieran estado compuestas de clase de gimnasia y de trabajos manuales y aquellas clases de anatomía que tanto nos gustaban a todos? ¿Eran necesarias tantas clases de lengua, de latín? ¿Los romanos estuvieron obligados a dominar el mundo conocido tantos siglos? Y Caesar tenía que dirigirse a sus ejércitos en aquella lengua tan cursi y tan complicada? ¡Y cómo movía tanta legión por Europa! ¡Con que velocidad! El lunes estaba en La Galia y el miércoles, a segunda hora, estaba en Tracia, ¡cabrón!.

Perdonad esta salida de foco y dejadme retomar el hilo de nuestra narración. Estas niñas de once años no nos atraían en absoluto. No se parecían, en nada, a las tías de las revistas. Apenas tenían alguna curva, todas éstas las atesoraba Lourdes “La gordita” a la que todos evitábamos cruelmente para que nuestros amigos no pensaran que había “algo” entre ella y nosotros. Hubiera sido una ofensa terrible. Pero callaros!, silencio! Ya llega, desde el final del pasillo, a cámara lenta, con algunos libros, ligeramente apretados contra sus senos, contra esas dos frutas jugosas, que nunca calmaran mi sed. Se trata de la profesora de inglés, Doña Isabel, apenas si podemos cerrar nuestras bocas. La lengua se nos ha secado y pegado al paladar. Qué forma de andar! Que falda!, qué blusa tan ceñida! Dos de sus botones luchaban aguerridos por no soltarse, dos empecinados a la altura, como es lógico, de sus pechos. Ella nos miraba con una sonrisa indulgente, conocedora de nuestros pensamientos. Cómo podríamos crecer rápido?.

Pedro, necesitamos un espejito pequeño para poder pegarlo, con un chicle a nuestros zapatos “Gorila”. Dos de nosotros entretenemos a la profesora Doña Isabel y otro con el zapato transformado en espejo, y tras ella, tendrá acceso visual a ese mundo maravilloso y oculto con el que soñamos todos los de clase de inglés. De qué color tiene hoy las bragas? Sus muslos, columnas de terciopelo…. ¡Ay Dios! Aún hoy siento el corazón, encabritado, correr alocado por mi garganta.

Alfredo, El Tarzán de la clase, nos arrebata de forma cruel nuestro amado invento y nos obliga a servirle de cobertura mientras él accede, impunemente, a nuestro gran tesoro. La rabia se agolpa en mis puños crispados. Un rayo cegador atraviesa mi cerebro y se me ocurre una gran idea, muy arriesgada, pero genial. Mientras Alfredo mancilla nuestro dulce melocotón, yo tiro, con estrépito, el libro de religión al suelo, a las espaldas de Doña Isabel. Esta se vuelve sobresaltada y pilla,” infraganti”, a Alfredo, en posición lasciva con nuestro amado invento. No pasa nada, pero Doña Isabel ya nunca trató a Alfredo con naturalidad. ¡Perdona Alfredo ¡ “no sé que me ha pasado, tengo las manos de trapo”. Y de esta forma evito el bofetón en el recreo. El resto de amigos me felicitan a escondidas pero yo no me siento bien, hemos perdido la posibilidad de utilizar nuestro aparato, para adquirir impresiones voluptuosas visuales y así manejar, con nuestras retinas repletas, por la noche, el otro aparato.


Good night, my friends.

Rafa Castro.


 

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