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La maldita noticia nos explotó en el pecho y sus largos dedos nos oprimía el corazón haciendo que la rabia fluyera ácida por los ojos. Elrechinar de dientes se hacía patente en nuestras caras serias. ¿Cómo podía ser? -Tan deportista y con 36 años. Una "Aneurisma disecante de aorta ascendente congénita" cayó como una losa sobre nuestras sienes aplastándolas sin piedad y lo peor sin explicación alguna. ¿Podría, mi primer y querido sobrino, respirar este aire tan limpio que yo respiraba en aquel momento?. ¿Podría sentir esta llovizna helada en la cara mientras paseo?.

¿Podría apresar en su retina los distintos tonos verdes que yo disfruto de nuestra sierra cordobesa este otoño?. ¿Podría sentir en el paladar el placer que yo siento, al comerme un simple madroño? Pequeñas cosas que nos hacen vibrar, como niños, pero que son el sostén de nuestras vidas. ¡Mi sobrino Antonio! luchando con la "cruel dueña", como reza la poesía que araña la lápida de mi padre y que yo le dediqué, cuando murió, entre lágrimas:


"Duerme padre, sueña,
tocado por la cruel dueña,
que será mi aliada
hacia tu caricia amada."


Decía mi abuela: "Ninguna madre debería sobrevivir a un hijo"


¡Dios, por favor, llévame a mí antes! ¡Es tan joven!


Apenas podía llorar y las lágrimas se me agolpaban secas en la garganta. Llorar libera y sacia, calmando, nuestras almas. Durante tantas horas de operación da tiempo a pensar y los pensamientos nos hieren como cuchillas afiladas desangrándonos. La espera se hace insoportable frunciendo nuestros corazones anhelantes de buenas noticias. Los hermanos, unidos como una piña de primavera, nos mirábamos tristes tratando de soportar lo insoportable. Pero un rayo de luz caminaba, hacia nosotros, por aquel largo pasillo. El doctor Moya nos sonreía desde lejos en aquel largo pasillo. Dios estaba en aquella sonrisa de aquel médico desconocido que se acercaba a nosotros por aquel largo pasillo. Aquella sonrisa iluminaba nuestros corazones y aquel largo pasillo. Le hubiera abrazado mientras nos informaba amablemente. Aquel no era un hombre solo, era un buen médico y nuestro amigo en ese momento y le hubiera entregado, gustoso, parte de mi alma en recompensa por habernos hablado con tanta dulzura. Pequeñeces tan importantes que nos hacen crecer.


¡Gracias, doctor Moya! Gracias por salvar la vida de mi sobrino Antonio.


Rafa Castro

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