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La aguja Shure, que compré en Tenerife mientras hacía la mili, se deslizaba con suavidad sobre el vinilo negro. Negro como la cantante que se desgarraba en dicho disco demandando "Respect". Una gran versión de la canción que Otis Redding hiciera famosa en los años setenta. Sí amigos, Aretha se dejaba la piel implorando un poco de "respeto" en aquellos surcos negros. Respeto con mayúsculas, sin las manipulaciones que posteriormente las feministas introdujeron sibilinamente: "Una forma de crecer es achicando al contrario". Respeto para los pobres. Respeto para los trabajadores. Respeto para el débil. Respeto para el que sufre. Amigos RESPETO.

Aquél hombre llegaba a casa todos los días sobre las 9 de la noche cansado, muy cansado. Atrás dejaba una jornada de 12 horas apenas interrumpida por una hora de comida. Comida que su esposa introducía en la fiambrera de aluminio con sumo cuidado y con cariño la noche anterior. Los números herían su mente calenturienta arañando su alma con fruición. Era contable en varias empresas de la ciudad, y se desplazaba, entre estos trabajos, subido en una bicicleta negra muy usada pero fiable. No tenía tiempo para practicar la amistad. Sus amigos eran sus cinco hijos y su esposa. Saltar a la cama y echarse una "peleilla" con sus hijos era su mayor diversión, se esfumaban el terrible dolor de cabeza y sus preocupaciones.
 

Obviamente se dejaba ganar abrumado por aquellas manecillas que le arrancaban de su cara las gafas grasientas. Este hurto marcaba el comienzo, todas las noches, de la ceremonia que relajaba a mi padre.
 

Algunas noches participaba mi madre, puesto que la cena ya estaba hecha, y en la mesa, y le sobraban 5 minutillos. Cinco niños y dos adultos en una cama de 1 metro y 35 centímetros. Un mundo en 135 centímetros. En aquella cama y por espacio de 5 minutos había más cariño y más respeto del que hay, hoy en día, en muchos kilómetros a la redonda. ¿Entonces que falla? meditaba yo mientras la aguja Shure se deslizaba sobre el vinilo negro con suavidad y Aretha me impregnaba de ritmos imposibles agrandando mi alma.
 

"Respeto" demanda gritando entre surco y surco mi Aretha.
 

Respeto no impuesto y si aprehendido. Corren unos tiempos sin valores, en los que casi todo es lícito. Las ofensas y la violencia forman parte de la tierna infancia de nuestros hijos. Entre consolas de videojuegos y demasiada televisión se nos ha olvidado enseñarles, a través del juego: la honestidad, el cariño hacia los demás depositando la semilla del respeto, que geminará, cuando sean adultos. En este mundo de prisas y "estressssses" no tenemos tiempo para hablar y jugar con nuestros hijos.
 

61 mujeres muertas violentamente a mano de seres que las amaban, nos ilustra mi amigo Juan Carlos. Y tiene razón en refrescarnos este gran problema. Pero mientras Aretha canta yo sigo preguntándome: ¿podremos solucionar este problema con mano dura? Tal vez el universo ha girado demasiado bruscamente y en escaso tiempo hacia el lado de la mujer.


Persiguiendo una igualdad, entre hombre y mujeres hemos entrado en una batalla campal. La cama mide 135 centímetros y hemos de caber todos: hombres y mujeres, yo diría mejor, seres humanos. Tiene mucha culpa el machismo que nos han inculcado desde pequeños. Pero también muchos jueces y sus sentencias ahítas de feminismo dulzón. ¿A quién quieres más: a papá ó a mamá? El hombre es más fuerte. Con una fuerza física que hiere y mata. Pero cuando el "ser humano" mata, salvando contadas excepciones, es porque se siente acorralado. Y se encuentra ante un abismo al que le ha llevado esta forma de vivir y el miedo a perder a los seres queridos. Miedo a perder un gran pedazo de su vida.


¿Podemos decir que nuestras madres, siendo amas de casa, eran denostadas por nuestros padres? ¿Podemos decir que nuestro padres, y sus jornadas laborales interminables, no eran respetados por nuestras madres?. Por lo tanto, ¿es un problema de Sexos? Yo dudo. Y la duda es la chispa del alma.
 

Interrumpo aquí mi meditación invitándoos a que intervengáis. Pero antes de irme quiero agradecer a mi amigo Juan Carlos que me haga dudar. Gracias Juanca.

 

Rafa Castro

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