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¿Somos conscientes de las veces que defraudamos a nuestros seres queridos, llámense familiares ó amigos? ¿Nos damos cuenta de que esta es una espiral que se repite generación tras generación?. Es inútil, no podemos remediarlo. Con nuestros actos y nuestras palabras solemos ofender a nuestros congéneres, aún sin desearlo. ¡Qué pena! ¡Cuánto daño gratuito! Me viene a la mente aquel sabio que se aisló, conscientemente, para no ofender a nadie de obra ó de palabra.... Elevo una plegaria sincera para intentar resarcir todo el daño que he causado inconscientemente, el consciente lo dejo, puesto que me era necesario para sobrevivir.


Aquella tarde chispeaba. El olor característico de las primeras lluvias de otoño invadía las calles aupándonos a una consquilleante alegría de dejar el pegajoso calor cordobés atrás. Se veían las primeras prendas de abrigo acompañadas de su olor a armario. Las hojas muertas caían de los arboles, como si cansadas de volar desearan el contacto con el duro suelo para morir. Y nuestro héroe se dirigía al encuentro de Carmen (una novieta de hace tres semanas, gordita y zalamera, que le tocó a suertes en un baile por aquello de los duetos y los emparejamientos). Habían quedado en el piso vacío de Alfonso, un chico de la pandilla. Se sentía muy nervioso, al borde de la locura. En este piso se bailaba y posteriormente se pasaba a los distintos cuartitos, por parejas, y se MAGREABAN. Sus catorce años le golpeaban en el pecho y en las sienes y le dejaban la garganta seca, muy seca; como si se hubiera comido media caja de polvorones. Se sentía obligado a pasar por este trance. Conducido, manipulado. Cómo oveja hacia el matadero. ¿Qué pensarían sus nuevos amigos, tres años mayores que él, de sus dudas y de su inexperiencia? Un sudor frío le recorría la espalda y las manos. Las piernas apenas si le respondían.

Carmen no ayudaba puesto que las usuales negaciones y escusas, típicas de las mujeres, no eran de su gusto ni le adornaban. Carmen tenía diecisiete años, toda una mujer. Bailaron y bebieron, ron Bacardi con Cocacola. El pánico no se le pasaba, todo lo contrario, aumentaba al acercarse el momento álgido. Y pasaron a la habitación oscura y sin muebles, sucia como la de una obra. Y empezaron a besarse o más bien a pegárseles la lengua, por lo de la sequedad. Comenzaron a acariciarse con torpeza bajo la batuta de nuestro personaje. Ella se dejaba poco participativa. A la hora y media de estos escarceos él bajó su mano derecha hacia la cremallera del pantalón de su oponente. Bajó la cremallera con suavidad y a su pesar ésta cedía. Ahora sudaba como si estuviera en una sauna arropado con dos mantas eléctricas. Carmen estaba muerta, apenas si se movía. Todo el trabajo recaía sobre nuestro personaje. Para desabrochar el botón de sus vaqueros necesitó varios intentos y desarrollar la misma fuerza que para cargar un camión de sacos de cemento, de los de antes, de los de cincuenta kilos cada uno. Al fin cedió el dichoso botón arrastrando en su huida la mitad de la cremallera que aún no había cedido. Como una explosión se desbordó parte del vientre de Carmen hacia el exterior. Para sorpresa de nuestro amado personaje aún quedaba la prueba más dura, puesto que bajo el pantalón Carmen poseía una flamante y testaruda faja-pantalón. Al igual que si fuese un cinturón de castidad le fue imposible separar, este objeto, de su piel. Lo intentó con todas sus fuerzas, alentado por “el qué dirán”, pero fue inútil, La noche llegó a hurtadillas y Carmen se tenía que ir puesto que su padre era inflexible para lo concerniente al horario. Cierta desilusión se reflejaba en el rostro de Carmen y un cansancio roto en el semblante de él. Su primera relación amorosa directa y con chica, fue un rotundo fracaso.
 

Posteriormente fue mejorando, según él…
 

Perdóname Carmen!

Rafa Castro

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