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Atrás quedaron los juegos infantiles que encerraban un cierto aprendizaje para lo que nuestros padres llamaban "el futuro". La vida es un juego. Con las distintas edades y etapas y hemos de jugar a diario, sin olvidar divertirnos.

Me acuerdo de "La Lima" en los días húmedos. El suelo debería de estar blando para que el hierro clavase bien. Debíamos de
combinar la destreza del lanzamiento y de los saltos "apiejuntilla" en los distintos cuadros ó etapas. Apenas si puedo dejar de comparar muchos momentos de mi vida, con este juego.


Recordemos ahora el juego de "La una mi mula, la dos una coz, la tres Juan, Periquillo y Andrés". Este juego se iba complicando y nos exigía de más pericia en cada salto, puesto que teníamos que hacer coincidir varios movimientos de nuestro cuerpo a la vez. ¿Os recuerda a algo, queridos amigos? La vida se nos ha ido complicando día a día.
 

El juego que más me gustaba, en mi infancia, era el de "Policías y Ladrones". Se me daba muy bien puesto que era un niño
delgaducho y muy ágil. Como sabéis, la mitad de la pandilla eran policías y la otra mitad eran ladrones. Existía una "cárcel" y un "agosto", hoy podríamos llamarle Congreso; en este último los ladrones podían estar sin poder ser perseguidos ni capturados por los policías. ¡Qué tiempos!, nuestra preocupación consistía en estar en casa, al anochecer, para cenar y para que no nos riñeran. ¡Qué cantidad de quiebros daba mientras me perseguían!, Hacia la izquierda y otra vez en el mismo sentido y así, eludir la mano del policía.
 

Todos estos juegos dejaron en mi personalidad, muy arraigada, una impronta que me ha acompañado durante el resto de mi vida.
 

¡ummmm!
 

Al día siguiente, así de rápido, por lo menos es cómo lo siento hoy, dimos nuestro primer baile. Yo crecí de una forma desacompasada con respecto a mis amigos de infancia. Di el estirazón un par de años antes que el resto de la pandilla. De esta forma me sentí obligado a salir con los hermanos mayores de mis coleguillas. Éstos ya andaban con chicas y con bailes de fin de semana. Yo me convertí en su sombra. Imitaba hasta sus movimientos, sus frases hechas e intentaba simular sus hormonas. Una falsa dureza vivía agazapada entre mi pertinaz silencio y timidez.
 

-¡Pon “Samba pa ti”!, ¡que es agarrao!.
 

Mi primer roce, mi primer vuelo sobre su olor tibio y divino, mi primera mirada a esa distancia, como una caricia que nubla los sentidos.


Con una mano que intentaba rozar la parte trasera de su sujetador y la otra que caía, muy lentamente, hacia sus caderas. Era un estado de ingravidez que simulaba el orden desordenado del cosmos. Me preocupaba que mi corazón alocado delatara mi inexperiencia.
 

Me pusieron delante mi primer cubata, casi obligado, puesto que debía de estar a la altura de la situación. Tras unos minutos, note como el labio inferior iba por libre, hacía lo que le venía en gana, no me hacía caso.
 

Decía unas tonterías en complicidad con mi lengua tremendas. No conseguía reponerme a tal situación de ridículo por más que intentaba concentrarme.
 

Un sudor frío recorría mi frente y mi espalda. Sentía ciertas risitas a mis espaldas pero no percibí su significado hasta el día siguiente. Por arte de magia me vi en mi cuarto, en mi cama y oyendo como discutían mis padres con alguien.
 

-¡Qué vergüenza de niño! ¡Esta borracho!
-¡Pero si solo me he bebido un cubata!.
 

Eso sí, me lo habían aliñado al noventa por ciento, o sea un solo dedo de coca cola y el resto de ron Bacardi.
 

-¿Qué clase de amigos tenía mi hermano?
-Mamá, por favor, para la cama. Haz que se estabilice.
-Mi padre preocupado apenas si podía disimular una sonrisita.
 

Pasaron los días hasta que me atreví a volver a ver a los componentes de aquel mi primer baile. Sus sonrisas se me clavaban en el alma. Las chicas tampoco disimulaban sus cuchicheos. Pero Ella se me acercó y mirándome a los ojos me preguntó, con franqueza y cierta preocupación:
 

-¿Cómo estás?
 

Y ya no sufrí más ese día. La hilaridad que yo producía en mi nueva pandilla ya no me hacía daño. Ella me trataba como a un adulto. Sabía que existía. Estaba allí, delante de mí, embriagadora. Era una mujer, tenía quince años, dos más que yo. Y desde este día ya no bebí más cubatas ni volví a sentirme entre hombres tan bien como entre mujeres. Desde entonces casi siempre me aburren las charlas de los hombres. Cómo comparar una buena conversación entre mujeres y su seducción, con el aburrido futbol.
 

¡Viva el ron Bacardi!
Rafa Castro

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