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Córdoba-Málaga 22 de enero de 2011

                Caras de sueño se van concertando a la hora acordada en el bar Santos, ilusión en sus rostros, frotar de manos para combatir el frio físico y el provocado por la inquietud y los nervios. Recorren el mostrador algunos cafés, se comenta el tiempo a invertir, se pregunta si se sabe que clima hace en la ciudad de destino, cuantos habrá allí, si nos esperan, cuantos vamos de aquí. Hay grandes ausencias de los habituales en estos eventos; las hermanas Koplovich, el Torero, Kike, Defons, Bellido…

Esta vez no parecía un sueño, esa mañana había seguido por los bares, mientras tomaba café, el pesado soniquete de los niños de San Ildefonso, también lo había oído por los transistores de los pocos compañeros que trabajaban ese día, aún no había salido el gordo, pero al mirar por la ventana, mientras caían las gotas de lluvia, notó alboroto, algunos corrían, empezó a agolparse gente en la administración de lotería de enfrente, su teléfono empezó a sonar, no lo podía creer, era su amigo, en fin, en estos días es propio gastar bromas, y además este de la lotería constituye un tema bastante recurrente para ello. Su mujer también lo llamó, sin apenas poderla entender le dijo lo mismo. Sin querer creer fue a preguntar a los seguidores del sorteo. Sí, al parecer era verdad, el gran premio había caído en su localidad, las noticias avanzaban que parte del número lo había jugado un determinado club deportivo. Se empezó a poner nervioso, a imaginar que haría si la noticia fuera cierta. El teléfono siguió sonando, otro del club, esta vez no tan próximo a él le habló con voz beoda “nos ha tocado” parecía entenderle. Llamó a algunos números que tenía en la memoria del teléfono, todos estaban ocupados. Llamó a casa, también comunicaba. No recordaba el número que jugaba, los nervios no lo dejaban pensar con claridad. Decidido abandono el trabajo y se fue a casa. Los vecinos se agolpaban en la puerta de su bloque, todos tenían una copa de cava, ataviados con gorros de Papa Noel, reían y se felicitaban. Hasta el momento nadie se había percatado de su presencia. Daniela, con la botella de cava en la mano le abrazó, le besó por toda la cara, mientras repetía “somos ricos mi amor”, luego vinieron las felicitaciones de sus vecinos, incluso recibió la de aquel, que desde que tuvo un problema de goteras, no se habían hablado más, quedó verdaderamente sorprendido. Estaba en una nube, no se lo podía creer.

Poco a poco iba progresando, hoy tocaba control de tiempos y en el entrenamiento matinal había superado los últimos registros, por la tarde en la sesión de gimnasio lo felicitó el masajista, animándole y previendo lo que sucedería el domingo.

                   Aunque no había dormido mucho, debido a la tensión, se sentía bien, ligero, tenía buenas sensaciones. Ya en carrera, transcurridos unos diez kilómetros se formó un grupo, estuvo atento y pudo entrar, daba los relevos precisos, no obstante era cauto y guardaba fuerzas, siempre bajo las órdenes de su director de equipo. El grupo fue menguando durante el puerto, se arriesgó en el descenso quedándose solo, ganó.

Se quedó con la de color rosa, siete piñones, dos platos, sillín blanco, cestita a juego, esa no era la que había soñado, pero la aceptó. Besó a Luis al salir de la tienda;

-Gracias mi amor. Le dijo María

-Es solo para dar unas vueltecitas por el parque. Le contestó Luis

                   Todo empezó cuando María, al ver a un grupo de ciclistas vestidos de verde, se interesó por el deporte de la bici y lo que ello conlleva. Siempre le había gustado ver el ciclismo durante las tardes de verano mientras Luis roncaba en el sofá, admiraba a esos titanes, el pundonor que demostraban, el esfuerzo que derrochaban, el sacrificio que debía suponer tanto esfuerzo. Preguntaba a los Verdes, el porqué de las horquillas, de tantos platos, del taqueado de las ruedas, todo ello con verdadero interés, absorbiendo sus explicaciones. Fue desde entonces que insistió a Luis para que le comprara una bici, a lo que este se negaba, argumentándole que: “eso no era para mujeres”. Resignada, Maria se las ingeniaba para hacer coincidir la salida de la compra con la parada del grupo de bikers, y nuevamente se fijaba con detenimiento en sus máquinas.

El convoy Verde se concierta y a la hora acordada, parte para las rudas tierras del norte de la provincia, aún es noche cerrada, la luna ilumina los caminos por donde pocas horas después trotarán con sus máquinas. En el destino esperan dos miembros, Juan y Juanka, al que se añade el vástago de éste, David, que hoy irá de verde. Al bajarse del vehículo se nota la temperatura de la sierra, elemento propio que curte a las personas y conserva las carnes de las próximas matanzas. Saludos y desentumecimientos, recogida de dorsales rápida y sin atascos. El acero de las maquinas esta frio, se montan las ruedas, se ajustan los complementos, todo está preparado, el sol aún somnoliento se despierta poco a poco, estiramientos y algún complemento alimenticio de última hora para afrontar el reto. Alguna foto, saludos a los conocidos, hermanos Califas y algunos más, se echan en falta representantes de clubes, no hay agachaelomos, no hay camperos, no hay sinfónicos.