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Dicen que el alma pesa 21 gramos.

                Aquel domingo Angel y Juan quedaron a las 7,00, se presentaba una mañana fresca pero agradable, la atmosfera en la ciudad todavía estaba limpia, se encontraron en el sitio acordado, tras los saludos de rigor y las preguntas convencionales, comenzaron a rodar, tenían ya la ruta previamente diseñada, pensaban hacer la ascensión al conocido Collado de la Luna, sitio precioso con inmejorables vistas, aunque con una ascensión en bici bastante complicada y costosa, debido a su gran desnivel.

 

                Mientras rodaban hablaban de todo y de nada, la familia, el trabajo, compañeros, comentaban recuerdos de juventud, y terminaron por hablar de bicis, marchas, mejoras, entrenamientos, compras, en resumen, de su pasión, el ciclismo y todo lo que lo rodea, ello mientras ya notaban el olor a hierba fresca que les indicaba la salida de la ciudad y el encuentro con el campo. Solo oían el roce de las ruedas con el asfalto, el trino de algunos pájaros, su respiración y el siseo de la cadena deslizándose por los piñones, pensando en su ascensión al Collado, preguntándose si serian o no capaces de terminarla, mientras abría el día con el sol en su perezoso despertar.

                Cristina y Teresa se movían mecánicamente al ritmo de una música machacona que salía del interior de un coche con todas sus puertas abiertas. El capó y el techo estaba sembrado de botellas y vasos con líquido de diferentes colores, los jóvenes iban y venían rellenando sus vasos para beber mientras se movían. A causa del cansancio tenían los párpados hinchados, sus movimientos ya eran torpes y repetitivos, la bebida se desparramaba por la comisura de la boca, tenían las ropas manchadas, estaban desaliñados. El sol, despierto definitivamente, les hizo recordar la hora, alguien propuso continuar la juerga en el conocido after de una población cercana.

                Las esposas de Angel y Juan dormían plácidamente, la noche anterior sus maridos le confesaron su intención de intentar alcanzar la cima del Collado de la Luna, como otros tantos domingos ellas se levantarían tarde, desayunarían, harían esas cosas que durante la semana el trabajo o los hijos les impide hacer, leer, cocinar, pasear, llamar a alguna antigua amiga… Los padres de Cristina y Teresa también descansaban a esas horas, aunque su madre, entre sueño y sueño, no paraba de mirar el reloj, reprochándose que les hubieran dejado el coche con tan solo un mes de carnet.

                Angel iba a rueda de Juan, la ascensión estaba a punto de iniciarse, ya no hablaban, su respiración era mas agitada, estaban concentrados en el esfuerzo, esta vez tenían que lograrlo, empezaban a alzarse sobre los pedales, moviendo la bici de lado a lado, a veces mirando al suelo, a veces al horizonte, donde se divisaba la ascensión pretendida.

                El cansancio hacia mella en Cristina, no podía con el peso de los párpados lo que provocaba que diera algún volantazo causando las risas de los demás ocupantes del vehículo al apretarse unos contra otros. Teresa llamó la atención de su hermana recordándole los consejos de su padre; no conducir bebidos, ni con sueño, el coche es una máquina de matar si se usa mal, estar atentos… admoniciones despreciadas por Cristina alegando que “controlaba” que sus padres estaban lejos y advirtió a Teresa no contar nada de ello a sus padres.

                Juan recuperó el resuello, podía hablar durante la ascensión, lo que demostraba su magnífico estado de forma. Le decía a su amigo Angel la importancia del peso en las subidas, había que aligerar la máquina, lo cual era caro, asi es que era mejor y mas barato “afinar” el cuerpo, aunque mas sacrificado, incluso bromeaban con lo apropiado que sería aliviarse antes de las salidas, reían al decir que dependiendo del volumen, peso y cantidad, podrían ahorrarse hasta 200 euros con una buena deposición. El ruido del rodar de un coche a gran velocidad y una música lejana les distrajo de su conversación.

                Todo sucedió muy rápido, el cansancio causó un sopor incontrolable que venció definitivamente a Cristina. Un profundo ruido en los bajos del coche, un golpe en algún lado de la delantera y de pronto el parabrisas se hizo opaco con leves tintes rojos. Los ocupantes sufrían violentas sacudidas antes del que el coche se parara definitivamente fuera de la calzada.

                Juan sintió un gran impacto por detrás, un ruido como la rotura violenta de una caña, no hubo dolor hasta pasado un tiempo que se le asemejo interminable, mientras oía una machacona y desentonada melodía mezclada con voces, risas nerviosas y palabras incoherentes, quería hablar, gritar, pero no podía, la conmoción se lo impedia.

                Los jóvenes fueron saliendo uno a uno del vehículo, se miraron y miraron el coche, comprobaron los daños de uno y de otros, no tenían gran cosa, por parte de los ocupantes algún arañazo, algún chichón, lo peor era que Cristina tendría que tirar ese vestido que estrenaba y que tanto le había costado convencer a su madre para que se lo comprara. Por parte del coche nada de importancia, un pequeño bollo en el lateral derecho, algunas manchas de barro, roces en los bajos y aquella extraña mancha en el parabrisas, en definitiva nada que no pudiera resolver un buen lavado. Tras unas risas y un brindis por su buena suerte, continuaron la marcha, aunque cambiaron de conductor, todo ello sin darle importancia a aquellos bultos de colores que estaban en el suelo, achacando su visión a alucinaciones provocadas por el hachis y la bebida.

                El silencio era sepulcral, solo se podía percibir el bamboleo de alguna rama, el piar de algunos pájaros, poco a poco Juan fue adaptándose a la realidad, le costaba enormemente hacer cualquier movimiento, se miró la mano llena de cortes, con uno de los dedos vuelto hacia atrás, apoyándose en los codos y con mucha dificultad logró incorporarse algo, suficiente como para ver un panorama dantesco y bello a la vez. Trozos de carbono, reliados entre radios, cadenas y demas piezas esparcidas alrededor. El cuerpo de Angel estaba en decúbito lateral, inmóvil, con las manos puestas aún en el manillar partido, con los ojos abiertos, la mirada en un horizonte bien definido, en el Collado de la Luna. Arrastrándose, Juan logró llegar hasta su amigo, le habló, lo tocó, al no responder lo zarandeó un poco. Se le hizo un nudo en la garganta que casi le impedía respirar, las lágrimas afluyeron, se abrazó a su amigo.

En esos momentos Angel estaba culminando la cima del Collado de la Luna, allí hacia una temperatura ideal, una luz total que lo atraía, sentía una paz infinita, todo era agradable, todo acogedor, era el fin de su etapa, la meta de su vida, a la que ascendió con ligereza, con solo 21 gramos de peso.

                Las esposas de Juan y Angel aún se reúnen algunas tardes para ir de compras o tomar un café, ambas siguen con el tratamiento con ansiolíticos y antidepresivos. El hijo menor de Angel, quiere una bici, igual que la que ve en las fotos que le muestra su madre cuando en los días tediosos miran los álbunes rememorando el pasado. Juan se va adaptando poco a poco a su pierna ortopédica. Los padres de Teresa y Cristina siguen estando orgullosos de sus hijas, ya que con todo lo que pasa a su alrededor, los peligros de la sociedad actual y que acechan a la juventud están seguros de que sus hijas no se drogan, no fuman y ni siquiera beben.

                JuanKa

P.D. Escribo el presente con lágrimas en los ojos, cualquiera de nosotros puede ser Juan o Angel, cualquiera de nuestros hijos puede ser Cristina o Teresa. Hasta cuando va a durar esta “epidemia” todos los días hay alguien como Angel que fallece en la carretera, con los restos de su bici esparcidos alrededor de su cuerpo, dejando su sangre en la carretera, todo ello provocado por alguien como Cristina que se cree dueño del mundo, por ir al volante de un vehículo, que lo único que le preocupa es que a su coche no le pase nada, que no se roce o le den un golpe, lo demás no importa, los ciclistas son lo de menos. Cuidaos de los asesinos, ni siquiera la prudencia nos libra de ellos, solo la suerte.

 

Comentarios   

0 #1 Rodolfo 27-02-2014 22:44
Real como la vida misma y desgarrador por la cercanía de lo actual.Esperemo s q nunca pase d ser un relato entre nosotros y a ser posible en nadie mas.
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