Esta vez no parecía un sueño, esa mañana había seguido por los bares, mientras tomaba café, el pesado soniquete de los niños de San Ildefonso, también lo había oído por los transistores de los pocos compañeros que trabajaban ese día, aún no había salido el gordo, pero al mirar por la ventana, mientras caían las gotas de lluvia, notó alboroto, algunos corrían, empezó a agolparse gente en la administración de lotería de enfrente, su teléfono empezó a sonar, no lo podía creer, era su amigo, en fin, en estos días es propio gastar bromas, y además este de la lotería constituye un tema bastante recurrente para ello. Su mujer también lo llamó, sin apenas poderla entender le dijo lo mismo. Sin querer creer fue a preguntar a los seguidores del sorteo. Sí, al parecer era verdad, el gran premio había caído en su localidad, las noticias avanzaban que parte del número lo había jugado un determinado club deportivo. Se empezó a poner nervioso, a imaginar que haría si la noticia fuera cierta. El teléfono siguió sonando, otro del club, esta vez no tan próximo a él le habló con voz beoda “nos ha tocado” parecía entenderle. Llamó a algunos números que tenía en la memoria del teléfono, todos estaban ocupados. Llamó a casa, también comunicaba. No recordaba el número que jugaba, los nervios no lo dejaban pensar con claridad. Decidido abandono el trabajo y se fue a casa. Los vecinos se agolpaban en la puerta de su bloque, todos tenían una copa de cava, ataviados con gorros de Papa Noel, reían y se felicitaban. Hasta el momento nadie se había percatado de su presencia. Daniela, con la botella de cava en la mano le abrazó, le besó por toda la cara, mientras repetía “somos ricos mi amor”, luego vinieron las felicitaciones de sus vecinos, incluso recibió la de aquel, que desde que tuvo un problema de goteras, no se habían hablado más, quedó verdaderamente sorprendido. Estaba en una nube, no se lo podía creer.

                   Sin saber cómo se vio reunido con los demás del club, en el bar donde habitualmente terminaban las rutas, todo era alegría, abrazos, incluso los vecinos del barrio participaban de la fiesta. Algunos de sus amigos lloraban de emoción rodeándole con el brazo le repetían que ya se había acabado lo malo, otro le aseguraba que ahora iba a hacer, con los suyos, el viaje que siempre había deseado. Gerardo, con una copa en la mano, le dibujaba en el aire la línea del coche que se iba a comprar. Manolo contaba a todos como sería la casa que iba a hacer construir. Otro grupo reía alrededor de Fernando, el cual parodiaba el próximo encuentro con su jefe. Iban llegando más y más compañeros, algunos vestidos de verde, se abrazaban unos con otros, se preguntaban cuanto jugaban, diez decían unos, cinco decían otros, quince el de más allá, ¡me quedé con el talonario entero! gritaba otro al que querían mantear. Después del bar se fueron a aquel donde otras veces se habían reunido y cuyo dueño también jugaba y tenía participaciones agraciadas, allí siguieron las celebraciones. Luego marcharon a un afamado pub, y tras él a una conocida sala de baile. Rendidos por la alegría, se retiraron, conjurándose para el día siguiente y decidir qué hacer con el premio.

                   Daniela, mi mujer me esperaba en la cama con sus mejores galas, aquel picardía que tanto me gustaba y que nunca se ponía.

                   Al día siguiente, pasada la emoción y más tranquilos para poder reflexionar, ella me preguntó cuánto jugábamos;

                   -me quedé con dos papeletas, le contesté.

                   -¡solo dos! Exclamó. Abrazándola le recordé que ella misma me indicó de no quedarme con nada pues eso no tocaba nunca, que su padre decía que la mejor lotería era el trabajo. No obstante, habría bastante para tapar agujeros y darnos algún caprichito, en teniendo salud para que queríamos más, le dije, ella hizo un mohín apartándome de su cuello y diciéndome que a su hermano pequeño teníamos que darle algo para ayudarle a salir adelante con su nuevo proyecto, y a su padre para terminar de pagar las letras del coche que se compró y que una vez nos dejó, y a su hermana grande para poder pagar la fianza de su hijo mayor que estaba en la cárcel por un turbio asunto, del que, al parecer él no tenía ninguna culpa.

                   A las 20,30 horas se fijó la Junta del Club, a la que, esta vez sí acudieron casi todos los socios. La bandera del Club presidía la sesión, cuyo orden del día lo constituía un único tema: tratar el destino del talonario premiado.

                   Un grupo, el de los entendidos en banca, proponían su inversión en bonos de alto rendimiento a un interés generativo que nos reportaría un más menos del tanto por ciento. Otro grupo abogaba por la idea de comprar un local e instaurar allí la sede del club. Otros decían de dar algo al tercer mundo, y el resto para equipaciones completas para todos y que atendieran las necesidades de cuatro estaciones, con bicis specialized dotadas con cambios xtr, todo de color verde. Otros proponían un viaje conjunto de todos los socios con sus consortes para ver el Tour de Francia. Los más espirituales, y en agradecimiento al destino, pedían hacer el Camino de Santiago, pero en hoteles de lujo. Finalmente se optó por repartir el premio entre los socios.

                   No tardaron en aparecer los problemas. Hubo personas que, conocidas de todos, aseguraban ser socios del club, ya que habían salido algunas veces con el grupo y habían manifestado su firme deseo de ser miembros del mismo. Algunos miembros imprecaban que habría que excluir del reparto a los que no habían pagado las cuotas. Otros alegaban que debían tener más porción en el reparto, pues eran miembros de la junta directiva. Se alzaron voces para que no cobraran los que no habían vendido papeletas. Hubo riñas y discusiones, la Junta del Club tomó un tono de crispación, se formaron varios bandos, hubo disensiones. El asunto llegó incluso a los tribunales.

                   Poco a poco las telarañas se apoderaban de las maquinas, cubriendo sus piezas con su sedosa textura. En la primera del Brillante, los sábados a las nueve, hacía tiempo que su porche estaba vacío, ya no tenía el bullicio de otros tiempos, no tenía esas manchas verdes que pululaban de aquí para allá, su lugar lo ocupaban descamisados jóvenes ebrios, tomando la última copa. No se oían las voces de “vámonos” ni los clics de las calas.

                   Nadie tenía tiempo para nada, ni para salir a montar en bici, ni para llamarse. Unos dedicados a sus nuevos negocios, otros atendían las inversiones realizadas, los más se ocupaban de limpiar sus impecables deportivos los sábados por la mañana, también hubo quien se divorció y se casó de nuevo. Hubo otros que cambiaron de barrio perdiendo el contacto para siempre. Sus vientres eran prominentes, incluso algunos retomaron el hábito del tabaco, aunque solo con “montecristos”. La bandera quedó olvidada, allí colgada de la pared del bar donde se hizo la última Junta.

                   Una tarde, al pasar por la Boutipan del Brillante, fui reconocido por la chica que nos servía los cafés, se alegró de verme y me preguntó por todos;

                   -¿Qué os ha pasado? Ya no venís, ¿vais a otro bar?

                   -No, le respondí, todo está perdido, nos tocó la lotería.

                  

FIN

 

Otro de JuanKa, arrastraculero de pro y orgulloso de serlo, para que el dinero no pueda con el espíritu arrastraculero, y como en otros relatos éste sirva de premonición y se cumpla, nos toque la lotería y el dinero nos sirva para utilizarlo y ser felices.