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El gran momento se acercaba, sería dentro de dos días, Juan Antonio estaba inquieto, nervioso, ya se sabía el catecismo, los mandamientos, los sacramentos, los pecados capitales, las principales oraciones, las partes de la liturgia, y sobre todo sabía en todo momento detrás de quien iba y que tenía que hacer cuando el compañero girara a la izquierda. Las reuniones con el catequista y los ensayos se multiplicaban, siendo ahora diarios.

El domingo amaneció radiante, el sol entraba a raudales por su habitación, iluminándola, así como su pequeña alma. Durante la noche no había parado de repetir los pasos a dar desde el momento de entrada a la iglesia, hasta el gran momento en que acogería dentro de sí a Jesús, su Amigo, como tantas veces le habían repetido.

Todo sucedió como tenia que suceder, leyó como debía, giró cuando su compañero se desvió y la comunión la tomó con alegría y a la vez con devoción, sin que se le cayera El Cuerpo de Dios, la gran obsesión de Juan Antonio durante toda su preparación. La catequista felicitó a los niños, las campanas repicaban, fuera los esperaban todos a todos, sus abuelos, padres, tios, todos bien arreglados para la ocasión.

Ahora con Jesús dentro de sí, Juan Antonio era una persona nueva, llena de energía, y buenos sentimientos. Nada mas salir de la iglesia una nube de besos, caricias, cariñosos pellizcos, cayó sobre él, no sabía ni quien era quien, estaba verdaderamente aturdido. Alguien lo rescató de allí.

La entrega de una máquina de fotos digital por parte de su tía, lo hizo volver a la realidad, su vecina le dio un juego para la PSP, su tio el de Madrid, al que no veía a menudo, le obsequió con un sobre diciéndole: “dáselo a tu padre para que te compre lo que tu quieras”, su madrina, con lagrimas en los ojos, le ofreció un paquete con un misal, un rosario y un crucifijo que habían pertenecido a sus antepasados. El niño aterrizó, es verdad, son los regalos, -se dijo para sí- mientras los recibía a diestro y siniestro, dando gracias, besos y estampitas conmemorativas del evento.

A veces, regalamos lo que mas nos gusta, dando por supuesto que al receptor le gustará tanto como a nosotros, no sabiendo muy bien distinguir entre el placer de comprar el obsequio o el gusto de entregarlo. Esto es lo que debió pensar Juan, padre del comuniante cuando le compró a su hijo una flamante bicicleta Ghost. Allí estaba, en su casa, junto a la puerta de entrada Verde y blanca, triple plato, nueve coronas, suspensión delantera… como la de su padre y sus amigos.

Juan Antonio casi la esperaba, pero no por ello pudo reprimir que sus ojos se le llenaran de lágrimas al verla, conocía la gran afición de su padre. En unos segundos y como si de una película se tratase, pasaron por su mente las narraciones que este le contaba los sábados cuando llegaba, lleno de barro y con algún que otro arañazo: “hoy culito lindo se ha caído en el Reventón”, “nos hemos hinchado de reír con el chiste de Bellido”, “viene con nosotros un señor mayor, que quisiera que lo vieras como sube y la habilidad que tiene en las bajadas”. Nombres como Tamarit, la Abuela, Vicente, la Vieja, la Letrada, la Capitana, Quique… míticos para él, en su imaginación le había puesto la cara y sus circunstancias. Los imaginaba llenos de barro atravesando un torrente, o cubiertos de polvo en medio de la dehesa, o asomando sus cabezas al pasar por un trigal, o saltando alambradas, o subiendo las piedras con las maquinas a cuestas, o cubiertos de sudor con la vista hacia abajo mientras empujan la bici para cubrir la ultima ruta descubierta por la Capitana.

Las palabras mágicas salieron de boca de su padre “ya pronto, con esta bici te podrás venir con nosotros”. No podía creerlo, él, Juan Antonio, el hijo de Juan, salir a pedalear con el grupo de su padre, Los Arrastraculos, tantas veces nombrados, los de Verde, tantas veces evocados, incluso en el Colegio, tuvo mas que palabras con otro chico porque este dijo que el azul del grupo de su padre era superior al Verde del de Juan.

Paso algún tiempo, Juan Antonio salía por su barrio con su Ghost, luego su padre lo llevaba al parque, incluso por la Via Verde, por el canal, Almodovar, Alcolea, el Muriano, ya iba conociendo todos estos lugares. Al mismo tiempo los gemelos de Juan Antonio se iban marcando cada vez mas e iba cogiendo estilo, su cuerpo se estilizaba, Juan Antonio se hacía mayor.

Fue un jueves cuando su padre, considerando que ya estaba preparado, le pegunto:

¿quieres venir el sábado con los Arrastraculos? Haremos una ruta bonita, larga pero asequible para todos. El sí fue instintivo, lo llevaba esperando mucho tiempo, no obstante le puso de manifiesto a su padre que el viernes era la gran fiesta de la Graduación, y que tras los actos del colegio, todos los graduados irían a cenar y luego a la discoteca. Juan le advirtió que todo se podía hacer, siempre que cenara bien, bebiera con moderación y se acostara relativamente temprano.

Juan estuvo en la graduación de Juan Antonio y tras tomar unos canapés con los demás padres, los saludos y las fotos de rigor, se marchó dejando en escena a los verdaderos protagonistas, no sin antes despedirse de su hijo con un “mañana te levanto a las 8”.

El padre pudo dormir tranquilo cuando oyó el tintineo de las llaves en la cerradura, miró el despertador eran las 2,10 horas,

- ¿Qué tal lo has pasado Juanito? Bien respondió su hijo, todo lo de la cena estaba
muy bueno, luego hemos ido a la discoteca, he bailado mucho, y casi todos se han ido de pubs, yo no quería pues si tenemos que salir mañana… buenas noches papá, se despidió el joven.

Las señales horarias marcaban las 7,30 horas, antes de que Juan se asomara a la puerta, ya vio la luz de la habitación encendida. El joven no estaba nervioso aunque si tenso, entre la ilusión por lo que afrontaba y el recuerdo de las chicas de la noche anterior. Ambos se vistieron, comieron lo que debían, y salieron. A veces pedaleaba al lado, a veces delante, pero siempre oyendo los consejos de Juan: ten cuidado con los giros, mira hacia delante, no te distraigas nunca, cuida tus laterales, no hagas movimientos bruscos, avisa antes de adelantar, bebe constantemente, come algo…. Al fondo se divisaba un toldo naranja, que cobijaba en su interior a múltiples puntos verdes, eran los Arrastraculos, por fin los conocería, pedalearía a su lado, oiría sus chistes, sus consejos, sus risas, sus gritos, padecería sus bromas, se beneficiaria de su solidaridad… Tras las presentaciones de rigor y ante los nervios propios de la ocasión visitó el servicio, allí encontró a su amigo Luis, había estado con él por la noche, lo recuerda con su traje y corbata impecable, ahora estaba tirado en el suelo, entre orines, restos de papel higiénico y su propio vómito. También vio a Pedro, con las pupilas dilatadas y restos de polvo blanco en los “ollares”. Su amiga Rosa, que iba tan guapa y con la que bailo en la disco, apareció con el vestido y las medias rotas, el rímel corrido y andando con un solo zapato y a la que pareció oírle decir “otra copa por favor” mientras casi se caía sobre los ciclistas. Paco se acercó a él con paso tambaleante, echándole el brazo por encima y preguntándole: ¿Dónde te has metido Juanito, de que vas disfrazado? Mientras se vertía sobre su traje el contenido del tubo que difícilmente sostenía en la mano, “ahora vamos a un after” le decía con voz gangosa y aliento agrio, ¿te vienes? - le preguntó. Daniel dormitaba sobre un sillón de la Boutipan, con las piernas estiradas y abiertas, la corbata desabrochada y la camisa por fuera del pantalón.

Se oyó un voz recia y decidida, ordenando “vámonos”, a lo que siguió un crujir de cadenas y calas, Juan Antonio se calzo su casco, montó en su Ghost y sonaron el par de calas de sus zapatillas acomodándose a los pedales. No pudo evitar volver la vista y ver el espectáculo de sus compañeros alzando torpemente las manos, sin saber si era para decirle Adios o para que viniera con ellos. Miró hacia delante y vio la Marea Verde, la siguió, porque ese era su instinto.

JUAN CARLOS FERNANDEZ.- Arrastraculero de pro, orgulloso de serlo y convencido de que lo que hace está bien hecho.

Dedico el presente a Juan (Juanito) y a su hijo Juan Antonio, que no hace mucho hizo la Primera Comunión, y al que recuerdo en la última subida de Fuente Carreteros, mientras su padre nos alentaba y retrataba, él corría a nuestro lado dándonos ánimo, aún sin conocernos. Que seas dichoso Juan Antonio y conserves siempre esa sonrisa.

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