Nadie podía imaginar lo que vendría después de aquellas tardes de estío, cuando al andar la tierra cruje a nuestros pies, cuando en la visión de ese mar en movimiento afluyen los cantos a nuestra vista y se ven los arboles ensombrecer pequeñas isletas. Aquel 21 de diciembre fue el último día en que se podía salir sin plástico que cubra el cuerpo, a partir de ahí el paraguas cumplió su función. Los días se fueron sucediendo, los campesinos saludaban la lluvia, uno y otro día. Las cárceles del agua, tras llenar poco a poco sus intestinos más profundos, iban creciendo sin parar, el canto de los arroyos cada vez era más ronco. Al cabo del tiempo seguía la situación sin solución de continuidad, el aburrimiento afloraba en las gentes, que poco acostumbrados a ello, su carácter cambiaba. Los que vivían más próximos al rio veían crecer su caudal, siempre corriendo, ya no había isletas, el árbol que las ensombrecía se mecía al compas de la corriente, la tierra ya no cruje bajo los pies, en vez de ello estos se hunden en el fango y es costoso andar por la orilla. Al cabo de los días sin parar, los niños preguntaban a sus padres paseando cogidos de su mano -que pasaría si el rio creciera, - se los comería? Los padres los tranquilizaban diciéndoles: el abuelo nunca ha visto pasar el agua de allí, señalándole una marca en la otra orilla. Otras veces el mismo padre se enojaba con el hijo por dudar de los cimientos de la casa o de la elección en la ubicación de la misma: que tonterías tienes, la casa es sólida y está en buen sitio, el agua nunca puede llegar hasta aquí , aunque en su interior dudase de sus palabras e internamente no creyera en la sabiduría del abuelo.

Los medios lo habían advertido, aquella tarde era diferente, el cielo se oscureció, el viento arreció, algo en el interior de los moradores de la casa, les hacía suponer que no era como otras veces.

El rio había recibido del cielo, más que nunca, el don divino del agua, se vistió con sus mejores galas y llamó a sus hijos. Todos acudieron, principalmente aquellos que estaban encerrados en cárceles extensas, fabricadas por los hombres para beberles su sangre, o regar con ella sus campos. Todos vinieron, incluso los más pequeños ya olvidados y se juntaron en compañía del padre, fluyendo hacia la gran cita. El padre iba poderoso, extenso, fiero y veloz, reclamando lo que era suyo, tanto tiempo olvidado, enseñando su poder por allí donde pasaba. Todos lo miraban a su paso, todos veían su orgullo crecer cada vez más. Todos lo respetaban, ahora.

El niño, en los brazos del padre, veía flotar sus juguetes, las ropas, botellas y los demás enseres de los que se había servido el día anterior. Dio un grito de pavor cuando al salir de la casa, observó que la caseta de su perro había desaparecido bajo el agua, y que éste, hinchado y aún con la cadena al cuello flotaba inerte, ya no oiría sus ladridos de alegría incitándolo para jugar. Todo estaba cubierto por un mar marrón, todo flotaba, todo estaba perdido.

El niño recordó en silencio las palabras de padre y las indicaciones, ahora inservibles, de su abuelo, todos lo habían engañado.- No.- Todos habían perdido la memoria. Salvo el rio que, con sus hijos, vino a por lo que era suyo.

Juan Carlos Fernandez.- Tamarit arrastraculero.- para todos los arrastraculos, para que ninguno perdamos la MEMORIA de lo que son las cosas naturales y sepamos que, por encima de promesas y falsas esperanzas de políticos y contrapoliticos, tarde o temprano, la naturaleza reclama lo que es suyo, por ello debemos conservarla y respetarla.