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Levanto la vista y allí está, brillante, eterno. Lo miramos y nos miramos. Sonrisas nerviosas temiéndonos lo peor. Montados en nuestras máquinas no esperamos piedad, sólo polvo, sudor y sufrimiento en el infierno trabuqueño. Hemos revisado todo, como en un mal sueño, temiendo olvidar algo que después marque la diferencia entre el éxito o el fracaso. Un guante cambiado, un neumático pinchado, detalles resueltos guiados por una larga experiencia...

Neutralizados durante largo tiempo bajo un sol de justicia nuestros temores parecen confirmarse al tener que echar mano de los bidones antes de haber iniciado el primer ascenso. Comenzamos sin mucha energía, reservando fuerzas para más tarde, sabedores de que nos harán falta. Acaba el primer ascenso y nos preguntamos si será verdad que ya estamos arriba. No han echo falta las reservas de líquido. Una leve y fresca brisa nos ha acompañado y unos árboles que antes no veíamos han aparecido rodeándonos y ofreciéndonos su maravillosa sombra. Me pregunto si estoy alucinando por culpa del calor, pero Deme pedalea a mi lado, sonriéndo, y comprendo que no se trata de mi imaginación.

Una veintena de kilómetros nos separan del comienzo cuando me desea suerte y me dice que tenga cuidado, y se aleja pedaleando. Los bidones van pesando cada vez menos. Al principio no los he necesitado pero ahora los cojo con frecuencia, rezando para que me duren hasta ese primer avituallamiento que nunca llega. A punto de quedarme sin líquido empiezo a pensar que todo era muy hermoso para ser cierto. La brisa fresca, que ya no está, los árboles, desaparecidos en una senda que bordea el precipicio. Unos ciclistas surgen de ese precipicio y yo le pregunto, sin comprender nada, al que viene a mi lado:

- ¿De dónde salen?

 Al llegar a su altura todo queda explicado. El último de ellos se iza hasta el camino, ayudado por los otros cuatro que le rescatan y, su frase, con los ojos fuera de las órbitas, lo dice todo:

- No me ha pasado nada. No me lo explico, pero no me ha pasado nada.

Y camina a por su bici que se ha quedado esperándole en la senda mientras él descendía hasta el abismo del infierno trabuqueño.

Sin esperanza de encontrar agua en esa senda bonita, técnica y árida, sonrío detras de un par de globeros al verlos atascarse en dificultades que para mi no lo son. Bajada peligrosa, árboles, piedras, vadeos, ... si no estuviera preocupado por la sed, cómo estaría disfrutando...

Y por fin el primer avituallamiento. El poco agua que había reservado moja mi cabeza y los voluntarios llenan los bidones mientras muerdo un gajo de naranja. Menos de un minuto y me siento como nuevo.

¡Vamos, con más ganas! Pedaleo con fuerza y avanzo rápido.

A partir de ahí la carrera es otra. En las cumbres de las montañas el paisaje es fantástico, y la brisa fresca vuelve a acariciarte las heridas que las flechas del sol te van inflijiendo. Antes de que los bidones se agoten, unos ángeles clavan mensajes de esperanza en tu camino:

- Avituallamiento a 100 m.

Y la sonrisa vuelve al rostro cansado del ciclista  cuando ve que no le han engañado y están ahí, esperando bajo una sombrilla y un sol de justicia para llenarte los depósitos con el combustible que te da la vida. Un minuto y a seguir. Ya descansaré cuando termine. Hay que salir de aquí antes de que sea tarde.

Los kilómetros que quedan pasan rápidos. Sol. Deseas que pronto llegue un avituallamiento y al poco tu deseo se hace realidad. Increible. Un diez para la organización. Les perdono todo lo que hayan podido hacer mal. No son avituallamientos. Son oasis.

Los primeros carteles con la palabra meta surgen del camino y el dolor y cansancio son ahora más llevaderos. Queda poco... Nada.

Chascarrillos, anécdotas, sensaciones, todo se mezcla en nuestra charla alrededor de una cerveza mientras vemos llegar a Julio, feliz con su nueva mecánica y Luis nos cuenta medio enfadado que lo ha pasado mal. Se ha caído dos veces y casi sufre un golpe de calor.

- Claro, Luis. Hoy hemos pedaleado en el infierno.

Robert.

Comentarios   

+1 #3 CarlosF 19-06-2013 12:26
Carlos Fernández.- Estupenda crónica, Roberto, enhorabuena.- Y mirándola por mí, me alegro doblemente, pues del susodicho "infierno" me libré, mas por viejo que por sabio.- A estas alturas de temporada sabíamos a lo que íbamos.

Un abrazo!
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+1 #2 Demetrio 18-06-2013 16:44
Ahí está Roberto! Lo has clavado.
Para el que no estuviera allí, se refiere a que yo llevé dos guantes izquierdos y que cuando fuimos a descargar la bici de Roberto a falta de 40 minutos para la salida, tenía la rueda pinchada.
Pero se resolvieron las dos incidencias en menos de un minuto.
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+1 #1 Rodolfo 18-06-2013 16:39
Poetica y descriptiva cronica, aunq como siempre falten notas mas deportivas del desarrollo de la prueba, incluso la frialdad de algunos numeros.De todas formas muy bien, gracias.
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